En la inmensa noche del ciberespacio. Sobre “Lo que calla la noche”, de Georgina Ramírez

PORTADA LO QUE CALLA LA NOCHE - PORTADA Y CONTRAPORTADA
La tecnología nos ha alcanzado. Era inevitable. En estos últimos años no hay poeta que logre escapar a ella. Incluso quien aún no sienta que ha sido reconocido como tal. No obstante, este reconocimiento solo es parte del juego: el momento en que (en este caso) das “click” y envías al ciberespacio el puñado de palabras, de caracteres, de bytes, es único. Ese es el momento en que te conviertes en creador, vale decir: en poeta. Lo demás, es interacción social. La fiesta de la superficialidad. Después del “click”, decía, quedará amonedado, en las “páginas” etéreas de la internet, el poema. Y, técnicamente hablando, al someterlo a la vista del público (en el caso, de los internautas), ya has logrado publicar. En estos días, insisto, todos podemos publicar.
Pienso, muy personalmente y sin más base argumentativa que  mis propias convicciones, que ambas publicaciones (en papel y en bytes) son de distintas naturalezas. Una no suple a la otra. Ambas se mueven en esferas distintas y el rol de ambas es, así, diverso. Los receptores son distintos, también, aunque yo           –lector de libros– de vez en cuando ejerza de uno de mis otros yoes –el internauta–.
¿Qué ocurre entonces? Que el peso de la tradición de la imprenta es enorme. Podemos leer un libro en nuestro lector de e-books pero sabemos que no es lo mismo que leerlo en el objeto que impusiera Gutenberg en sus días. Un objeto cultura con una tradición y una presencia indiscutible. Hay, sí, lectores naturales de las redes: los chicos que desde la tierna edad de los 3 o 4 años están interactuando con la cibernética. Mis alumnos en la universidad (hablemos de los de Comunicación Social, por ejemplo) no soportan la profundidad de lectura que te ofrece un libro (con todas las de la ley). Nacieron o se formaron con la fugaz información de la web (fugaz porque puede ser modificada o puede desaparecer, literalmente, del espacio). Así, se forman como “periodistas” de tuits, de titulares, de información que no precise ser verificada (por lo menos en lo inmediato). Entonces, de la ruta fácil para publicar del blog, la página web o el tuit, el poeta, ser más complejo y profundo, desea saltar al libro. Es decir, desea ser poeta.
            Me encantaría seguir pensando sobre este asunto, del que converso cada semestre con mis jóvenes estudiantes (los bien llamados nativos digitales) que, hacen un alto en su vertiginosa vida, para atender con misericordia a este viejo inmigrante digital, lento como él solo, incapaz de comprender que en la velocidad está el futuro (aunque no lo veamos). Sin embargo esta breve divagación fue necesaria para introducir mis palabras de presentación del libro Lo que calla la noche (2015), de Georgina Ramírez, nacida de la imprenta del Movimiento Poético de Maracaibo. ¿Por qué? Cualquiera que dé una rápida (h)ojeada al mismo, percibirá de inmediato que se trata de una colección de tuits, oficio a la que es tan dada la poetisa.
Antes, debemos saber un poco quién es Georgina y qué vinculación ha tenido con este mundo de la poesía… Proveniente de los amorfos años 70 (una década que debía superarla imponente personalidad de los anteriores 60), aterriza en Caracas. Licenciada en Trabajo Social, especialista en Dinámica de Grupo. Creadora y directora de la A.C. LA PARADA POÉTICA. Co editora de la antología poética El Ojo Errante y de la también muestra antológica La Mujer Rota. Es autora de Piel de Durazno (plaquette de poesía), publicada por El pez soluble. Tres poemas suyos han sido publicados recientemente en 102 poetas. Jamming, de Oscar Todtmann Editores, actividad en donde participa activamente desde su creación. Su poesía, hasta el momento, se enclaustraba en unos poemas d mediana a corta extensión, en donde se detiene en la palabra para cincelarla y hacerla permanecer. La búsqueda empecinada en la ausencia, parece definir su temática de índole claramente erótica. El cuerpo de la hablante, despojado, vacío, es espacio para la lucha eterna entre el yo y otro que se diluye en la página.
La contención en el decir y el dar con la palabra exacta, es cosas de maestros. Lo sencillo es la palabra fácil, a flor de labios, inmediata, con o sin urgencias. Los maestros del pensamiento oriental lo sabían. Los budistas lo practican, aunque no siempre con éxito. Los artistas del haiku la ejercían. Reprimir la palabra para soltar el enigma o, al menos, la frase exacta, es tarea ardua pero, si se alcanza, el resultado suele ser feliz aunque sea doloroso.
La era de los 140 caracteres obliga a esto. Cuando redactamos un tuit, las más de las veces debemos revisarlo pues hemos excedido el margen permitido. Cambiamos vocablos, repensamos la idea, ajustamos términos, perseguimos obsesivamente la economía en el lenguaje. Y cuando el tuit se acerca la lírica, a la poesía. necesariamente va a compartir las virtudes de sus ancestros japoneses. La imagen cobra especial importancia sobre el decir. La imagen hecha con palabras. Porque en Instagram, por ejemplo, el collage, el video y otros efectos visuales con intención artística, se combinan con la palabra para lograr el placer estético. Antes, los foto poemas ya se habían puesto de moda y los concursos de estos requerían del envío del “texto/imagen”, a través de un MMS. En fin, la tecnología se había convertido en medio y razón de existir del objeto poético.
La llamada “poesía digital” o “e-poetry” exigía del medio digital. El papel era un medio ajeno. Mas quedaba, entonces, como decíamos al comienzo, la añoranza por este, por la “moda” y la tradición “gutenberiana”.  Acá en esta ciudad, surrealista por naturaleza, Maracaibo, en el 2013 el joven poeta Miguel Ángel Hernández obtuvo el IV Concurso Nacional de Poesía con ¡Oh, loren ipsum!, un libro que precisaba del medio digital. No obstante, la Casa Nacional de las Letras Andrés Bello, optó por la tradición del papel. Hay un miedo terrible a lanzarse al vacío del ciberespacio, mas en esta sociedad venezolana decimonónica, como la que estamos viviendo. En todo caso la edición ha debido venir acompañada de un cd de datos que contuviera, además, la edición digital. No es lo mismo, definitivamente, entrar en el juego de navegación que propone la obra original que la simple (aunque también gustosa) lectura en libro de papel.
En España, hace tiempo los autores más seguidos han llevado del blog al papel sus columnas, relatos y/o poemas. Lo hemos visto con Pérez Reverte, el desaparecido Saramago, y tantos más. Algo así, según mi criterio, ocurre con este libro de Georgina. De su cuenta twitter saltan los caracteres al papel. La tarea no era para nada fácil. Porque la soledad del tuit viene acompañada del momento de la creación y la publicación. Viene inserta en medio de otros tuits completamente ajenos, en función e intención. Y la recopilación y reorganización, por tanto, ha debido ser trabajosa. A veces se incurre, prácticamente sin querer, en la repetición de palabras de hondo significado, mas la lectura obligada invita al lector a aspirar profundamente entre texto y texto, a oler un poco de café en polvo para “olvidar” el aroma del poema precedente antes de abordar la nueva lectura. De no ser así, se perderá el efecto de esta nueva propuesta.

No importa que tan azul
esté el cielo
cuando los ojos insisten
en la sombra

            Luz y sombra. Color y ausencia de este. Porque solo se habla de la noche ciberespacial. Brasa, fuego, día, luz, color, ángel, cuerpo (por una parte); ceniza, sombra, oscuridad, noche, invisibilidad, demonio, cielo (de otro lado), constituirán los dos grandes campos semánticos de estos textos. Y en medio la almohada. Hollada, el espacio vacío, el deseo.
            La distancia que separa la red de Georgina, es apenas una frontera difuminada. El papel luce como tabla de salvación, aunque hace ya muchos sueños que ha sido una poeta publicada. En otro medio, con otras reglas. La Colección Volante, de las Ediciones del Movimiento poético de Maracaibo permite el salto al papel. Trae este libro para que los lectores desprevenidos de la internet, que hayamos perdido la oportunidad de leer en su momento los poemas de Georgina, tengamos ahora el placer de acercarnos a estos una y otra vez, a nuestro antojo.
            La memoria persiste en la profunda noche de la arcana cibernética. La antigua ciencia se transforma en realidad. El demonio se torna ángel, solo para volver a hundirse en las entrañas del sacrificio. Estemos atentos, pues si  no visitamos a los muertos, estos se levantan, hincan sus dientes en nuestra carne y logran así vengarse de los tiempos. Saludamos esta publicación de Georgina Ramírez y auguramos nuevos vientos  que impulsen la palabra de siempre.

Miguel Marcotrigiano L.
Maracaibo, febrero de 2015
mercado
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