“La llama indivisible”. Sobre “El idéntico incendio” de Mariela Cordero García, por Ricardo Montiel

 Portada - El idéntico Incendio 02

En el poema “Máquinas”, la primera estrofa nos permite acercarnos al fuego de El idéntico incendio, segundo poemario de Mariela Cordero García: “Somos máquinas hambrientas/viajando al principio y al precipicio”.

El principio como mundo edénico, naturaleza sensible transfigurada en el rumor florido de una desesperación, suplicio que resulta inesperadamente dulce, porque en su causa subsiste el deseo por reinventar el mundo para llegar al amor. Pero al amor como dualidad, como “suave y terrible animal”, como “trampa y también milagro”. Amor que en su plenitud conviven puente y precipicio, la violencia sublimada: poema tras poema encontramos habitantes cazados, mutilados, saboreados; uñas que rompen la piel; látigo, asfixia, alaridos… flagelación exquisita y necesaria para comprender que “Todo poder es simulacro”, que no hay extremo sin su extremo, y que toda dualidad implica dependencia. En el cierre de “Agradecimiento” parece afirmarse la conciencia de esa situación: “Agradezco al odio/que me expulsó al amor”

En otra estrofa final (del poema La jaulosie) la poeta parece dejar expuesto lo que derrama el combate: “Apagar su deseo/con la sangre/de los otros”. En El idéntico incendio, en el intervalo del odio al amor hay “roja espesura”, sangre bella y constante, licor que se bebe de las venas, debilidad que edifica al asesino. Y es aquí cuando el deseo, en su trayecto -en su trayecto hacia la dualidad del amor- “no mata pero hiere”, hiere por “El hambre irreversible”, hambre de la máquina que somos.      

Esta irrupción fatalista del deseo recuerda el erotismo salvaje de Erzsébet Báthory, popularmente conocida como La condesa sangrienta, y que Valentine Penrose hizo célebre con su novela publicada en 1963[1]. De aquél libro, Alejandra Pizarnik tomó la descripción de una sombría tortura practicada por Erzsébet, y volvió a narrarla así[2]: “(…) Ahora la muchacha está desnuda y parada en la nieve. Es de noche. La rodea un círculo de antorchas sostenidas por lacayos impasibles. Vierten el agua sobre su cuerpo y el agua se vuelve hielo. (La condesa contempla desde el interior de la carroza.) Hay un leve gesto final de la muchacha por acercarse más a las antorchas, de donde emana el único calor. Le arrojan más agua y ya se queda, para siempre de pie, erguida, muerta.”

El poema de apertura “La flor azul”, revela un parentesco fascinante con la imagen anterior. Veamos. Pizarnik: “Vierten el agua sobre su cuerpo y el agua se vuelve hielo”; Mariela: “la huella exacta que el agua del extravío/desfigura”; Pizarnik: “Hay un leve gesto final de la muchacha por acercarse más a las antorchas, de donde emana el único calor.”; Mariela: “el tallo aromático que se evapora al acariciar/la lejana antorcha que las sombras aman”.

La obsesión de la condesa sangrienta siempre fue la de alejar a cualquier precio la vejez, con la sangre de sus víctimas. La obsesión de Mariela Cordero García consiste en ofrendar su sangre (su poesía) al corazón de los extraviados: Maquillé mi ansiedad y me ofrecí./Fingí todo el deseo en un gesto/me desangré para darles de beber.”

Pero la muerte no es la misma muerte.
En El idéntico incendio la muerte ya no es súbita, cruenta, literal. La muerte se concibe como “gemela de la vida”, comunión definitoria de los extremos, habitación “llena del todo sanguinario/y de la nada luminosa”, condena y absolución en su justa medida. O, mejor sería decir: la eterna contradicción de la llama indivisible.  

Ricardo Montiel
Buenos Aires, mayo de 2015.

 

[1] V. Penrose, “Erzébet Báthory, la comtesse sanglante”, Mercure de France, París, 1963.

[2] A. Pizarnik, “La condesa sangrienta”, Editorial Aquarius, Buenos Aires, 1971.

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Un pensamiento en ““La llama indivisible”. Sobre “El idéntico incendio” de Mariela Cordero García, por Ricardo Montiel

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