EL OFICIO DE SER OTRO. Sobre “Fosa común”, de Miguel Marcotrigiano. Por Adalber Salas Hernández

Fosa Comun Portada - Portada, contraportada y solapas

Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos,
y escucho con mis ojos a los muertos.

Francisco de Quevedo.

Hay pocos espacios tan impredecibles como una biblioteca. Y ello se debe en buena medida al azar: la biblioteca, cualquier biblioteca, es un lugar que se desdobla en muchos otros. Cada nuevo visitante, cada transeúnte que cruza por ella, toma este o aquel volumen, lo escruta, lo devuelve a su sitio, hace que la estancia no sea ya la misma: las voces que la pueblan se han multiplicado.

Se trata de una progresión que no sigue un patrón fijo. Es imposible determinar cuándo entrará en la biblioteca un nuevo lector y qué hará, cuántos libros revisará, en qué medida. Pero algo siempre sucede: inevitablemente la lectura obliga al libro a ser distinto a sí mismo. La voz que encierra, desprendida del cuerpo que la produjo, espera pacientemente un interlocutor. Sin embargo, cuándo éste llega, ejecuta un clivaje: lo que antes era un tomo, un objeto simple, ahora son dos –el texto y la lectura que se ha hecho de él.

Para ello fue escrito el libro. Para traicionarse. Para desprenderse del sentido que tuvieron inicialmente sus palabras y perderse en la deriva semántica, en el vaivén de todas sus posibles lecturas. Por ello Miguel Marcotrigiano, cuando en el poemario Fosa común habla desde –o mejor, con– la figura de Montaigne, se refiere a su famosa biblioteca en estos términos:

He acondicionado la habitación
y ahora las voces atormentan en este recinto circular
La vida se reduce a unos estantes
a este pabellón
a cuatro resquicios
a los pocos ruidos que por ellos se cuelan

La biblioteca es la cifra del mundo que la ha producido. Sus cuatro resquicios condensan la vida que bulle tras sus paredes, como si la atraparan y decantaran. Y el elixir que ellas sintetizan son justamente esas voces que recorren los anaqueles y los estantes, enunciándose a sí mismas continuamente, sin poder detenerse.

El poema se llama Michel y, como los otros textos que conforman este volumen, se apropia de la figura de un escritor para decirse desde ella. Aunque, más exactamente, sucede lo contrario: el poema se deja apropiar por esta figura, que entonces se vale del texto para recobrar su voz, para reconquistar el habla. Así, Fosa común funciona como aquella biblioteca de Montaigne a la que alude, como un crisol de palabras ajenas, recinto circular atormentado por voces.

Este libro es un punto de encuentro entre múltiples, traslúcidas otredades. Otredades que se confunden y solapan –de allí su transparencia. Es como si la mirada atravesara estas voces y las hilara, de la misma manera en que la luz puede unir varios cristales corriendo a través de ellos. Al recorrer sus páginas, entablamos conversación con quienes ya no están, con quienes vivieron y escribieron en otra época, otra latitud y otra lengua. Recorremos una geografía imaginaria, que surge de este viaje transversal por tiempo y espacio. Dialogamos, en fin, con los muertos.

Se trata de una ciencia antiquísima. Esta forma de contacto con los que se han ido se ejecuta desde hace milenios –quizás desde el inicio mismo de la escritura como espacio de enunciación del sujeto. Pero, a diferencia de otras prácticas que puedan clamar para sí la potestad de hacer lo mismo, ésta presupone toda ausencia de magia. Es el diálogo desnudo, íntimo, sin parafernalia ni ritual. Es el encuentro entre dos voces, ocurriendo hoy en día tal y como lo describía Maquiavelo en una carta a Francesco Vettori hace cinco siglos, el 10 de diciembre de 1513: “Llegada la noche, regreso a casa y entro en mi escritorio; y en la puerta dejo mis ropas cotidianas, llenas de fango y lodo y me pongo otras reales y curiales; y revestido decentemente entro en las antiguas cortes de los antiguos hombres, donde recibido por ellos amorosamente, me sacio de aquel manjar que ‘solum’ es mío y para el que yo nací; donde no me avergüenza hablar con ellos y preguntarles la razón de sus acciones.” Ocurre, en esta conversación, el hallazgo de una fraternidad insólita, una afinidad que de modo subterráneo, corriendo bajo las naciones y los años, une dos escrituras.

Porque este diálogo sólo se consuma cuando, a su vez, se vuelve materia verbal. Su intimidad exige un resultado: la voz con la que platicamos pide carta de naturalidad para vivir en nosotros. Y es inevitable dársela, como saben todos los genuinos lectores. Así lo confiesa, desde Fosa común, el texto llamado Thomas:

Todas estas voces me atormentan
porque todas ellas forman sólo una
y no logro distinguir la mía
del tránsito de sus ideas

El diálogo no es siempre pacífico. Por momentos puede volverse una genuina invasión. Tanto Michel como Thomas mencionan ese vocablo, tormento, que resulta tan revelador para comprender la experiencia que sostiene a Fosa común –y para entender, en general, el acto de leer. Quien experimenta el tormento se encuentra relegado a una instancia pasiva; no posee respuesta para el dolor que le es infligido. Se halla maniatado, detenido, atravesado por el padecer, hasta el punto de confundir su propio ser con el sufrimiento que se va sedimentando en él.

Esta pasividad sucede también, a su modo, en la lectura. El sujeto lector se deja habitar por la voz que se encontraba momentos antes sumida en el letargo de la letra. Y desde ese instante se torna un espacio para que esa otredad se instale, maniobre, se despliegue. Puede llegar a vivirse como un asedio. Después de todo, la voz posee masa, volumen, ocupa un espacio con sus ondas. Golpea, atrae. La voz es un hecho físico. Un acontecimiento. Una proyección del cuerpo, un flujo más, como la sangre, la bilis, la saliva. Ese líquido se derrama durante la lectura, inundando al sujeto que lee, llenando cada pasaje y cada recoveco de su pensamiento, hasta confundirse con él. Por eso no es de sorprenderse que el poema llamado Kimitake declare:

En definitiva
                        mi vida ha sido escrita por otro

Y es que de alguna forma lo ha sido: en la medida en que sus lecturas han condicionado al sujeto, su existencia efectivamente ha sido escrita por alguien más. Un otro que tiene y no tiene rostro, que es el conglomerado de voces que a un tiempo sitian y conforman la subjetividad. Al cavar entre los textos de Fosa común, es imposible no descubrir una nueva, fascinante dimensión en aquella frase tan gastada de Rimbaud: je est un autre.

Estos poemas llevan como insignia, como santo y seña, un nombre propio. Solamente eso. Sin apellidos, sin fechas, sin rasgos adicionales. Por eso no se titulan, sino que se llaman. Acogen la voz que respondió a ese nombre alguna vez, y lo hacen con tal hondura, que sólo queda ese hablante extraño, íngrimo, reducido al hilo simple y afilado de su discurso. Valga decir: proporcionan el espacio para que esa voz ajena se manifieste en toda su soledad.

Una soledad que se parece, no por azar, a la que llevan los fantasmas. ¿Cuántas veces un libro antiguo nos ha hablado con una familiaridad anacrónica e inquietante? Ocurre un comercio con los muertos, como lo describía Maquiavelo y como lo describe, desde un lugar desconocido, el poema Edgar:

este cementerio
está lleno de espectros de otra naturaleza

fueron creados por mí

Me he referido al lugar desde el cual se enuncia este poema como incógnito porque, en última instancia, toda lectura ocurre en una región imposible de situar. Como la franja espacial designada a los espectros, esa frontera vacilante donde tienen que morar. Esta cualidad, que los torna imposibles de situar, así como su peculiar forma de estar separados de sus cuerpos, hace de los fantasmas la metáfora idónea para definir las voces ajenas con las que se bate Fosa común. Como escribe Giorgio Agamben en On the Uses and Disadvantages of Living among Spercters: “What is a specter made of? Of signs, or more precisely of signatures, that is to say, those signs, ciphers, or monograms that are etched onto things by time.”[1] Un fantasma no es una entidad sobrenatural; es una entidad semiótica. Existe no para embrujar o aterrar, sino para ser leído, para indicar con su presencia –presencia que es ausencia– un acontecimiento. En suma: un fantasma es un texto. Y al seguir los signos que lo invisten, podemos comprender lo que nos dice.

Exactamente como sucede con los poemas de Fosa común. En cada uno de ellos se perfila un espectro, una voz que ha sido objeto de un desmembramiento. De ahí el fueron creados por mí que declara Edgar: en efecto, estos fantasmas crean a quien los ha escrito, pero también lo necesitan para ser creados. Su vida póstuma es la existencia ambigua de la letra.

La palabra posee una dimensión espectral que en estos textos es llevada hasta sus últimas consecuencias. La dinámica presencia/ausencia que funda todo poema conoce aquí una formulación que la pone al descubierto, que expone los trazos insólitos de su mecánica. Como confiesa Wallace:

Para un moribundo
lo único real
es el fantasma de su palabra

Entonces la pregunta sería: ¿quién no es un moribundo? Todos estamos condenados a desaparecer. Todos nos aferramos a esa suerte de realidad evanescente que es la palabra escrita, el fantasma que nos condena y nos permite sobrevivir a la vez. Estos poemas lo dicen sin cesar, es su leitmotiv. El poema se intenta –y nunca se consuma– para fundar una zona donde cese la oposición entre presencia y ausencia. Para que la realidad sea el fantasma y para que el fantasma se corporice. Para que el registro de lo real y el registro de lo simbólico se toquen, se fundan por un instante.

Otra manera de ponerlo sería decir que el poema tiene su lugar entre los vivos y los muertos, como los versos de Wystan lo quieren:

Enterrado a la sombra de la pequeña y blanca iglesia
bajo la lápida escondida entre la hierba
una lámpara alumbra
este palimpsesto de la vida
el quejumbroso enigma del poema

El poema será invariablemente eso: palimpsesto, cuerpo heterogéneo, conjugación de elementos originalmente dispersos. Y así como el texto reúne estos miembros extraños, también el libro de Marcotrigiano sirve de juntura para voces extranjeras entre sí.

Leemos en silencio, pues, estos poemas. No podría ser de otro modo: leer en voz alta no es adecuado a la hora de dialogar con los muertos. Leemos y nos hallamos, junto con los versos que nos interpelan, en ese borde imposible de ubicar, ese sitio espectral, vaciado de sí mismo. Es paradójico que uno de los actos más privados de los que es capaz el ser humano no sea ubicable. No obstante, sobre esa paradoja se funda este libro. ¿Quién habla en él? ¿Las otras voces, los espectros o Marcotrigiano?

La respuesta es sencilla: en Fosa común hablan todos al unísono. En sus páginas, Marcotrigiano despliega una poética de despersonalización que, aunque podría parecerlo, poco tiene que ver con el enmascaramiento. Su intención no es formular el poema para ser fiel al otro –la máscara o su excusa–, sino hacer del texto poético un espacio de intercambio, un lugar de paso, donde la voz ajena y la propia se apoyen entre sí, se digan mutuamente.

En Tradition and the Individual Talent, T. S. Eliot advertía contra el prejuicio nocivo de acercarse a la obra de un poeta buscando únicamente lo novedoso: “if we approach a poet without his prejudice we shall often find that not only the best, but the most individual parts of his work may be those in which the dead poets his ancestors, assert their immortality most vigorously.”[2] Prejuicio es un vocablo que funciona aquí en dos direcciones: tanto en el sentido del lector, que lee partiendo de juicios previos a la lectura, como en el sentido del autor, que la mayoría de las veces cree distanciarse de sus predecesores con mayor contundencia de la real. Sin esta ceguera innecesaria, es posible hallar lo más importante en el trabajo realizado por un poeta: el diálogo que entabla con el universo simbólico al cual pertenece.

Fosa común tiene allí su fundamento. Revela con la mayor crudeza cómo se establece esa conversación, hasta el punto de permitir a los fantasmas del poema el acto de decirse. Devela la peculiar invasión de voces que subyace a todo proceso de lectura –voces que condicionan al sujeto hasta el punto de formarlo, de pronunciarlo. Pero en sus versos, además, se hila de modo discreto toda una teoría del poema. Estos hablantes espectrales la enuncian, cada uno a su manera; pero algunos, como René, lo hacen explícitamente:

La clave está en aceptar lo que no se comprende
en pronunciar cada vocablo
como por primera vez
y seguir a ciegas esta especie de hechizo
que nos envuelve y acorrala dentro del poema

Conseguir asimilar lo que no se ha entendido, apropiarnos de cada palabra que nos ha sido legada, dejarse llevar por el poema: no sólo un arte de la lectura, sino un arte de la herencia. René pareciera insistir en que no hay poema posible sin esta lectura que a la vez se rinde ante el hechizo y acepta lo que le es dado, pero sólo a condición de transformarlo en algo más. Como Eliot continúa diciendo en el mismo ensayo, la tradición “cannot be inherited, and if you want it you must obtain it with great labour.”[3] Esa misma tradición es la que Marcotrigiano se gana a pulso en este poemario que conforma, en más de un sentido, una declaración de principios.

Estos poemas apuntan a transparencia muy poco común. Un juego que pone al descubierto Yasunari con falso descuido:

la nitidez de la metáfora la hace translúcida
quebradiza
y en su noche
–he dicho–
me pierdo

En esa nitidez de la metáfora lograda no solamente se pierden estas voces: también se pierde una noción de autor a la que nos hemos habituado, sin recordar que no es la única posible. El punto de fuga de este libro es un sujeto que es al mismo tiempo muchos otros, capaz de erigirse en un hablante que no esconde los múltiples y disímiles discursos que lo conforman, sino que los exhibe con una nitidez que lo hace translúcido.

La escritura, pues, entendida como el oficio de ser otro. Metódica apertura de las compuertas del sujeto, que deja ver las corrientes foráneas que conforman su voz. Marcotrigiano lleva a su punto último una noción de autor similar a aquella que esboza Michel Foucault en ¿Qué es un autor?: “En la escritura no hay manifestación o exaltación del gesto de escribir; no se trata de sujeción de un sujeto en un lenguaje; se trata de la apertura de un espacio en el que el sujeto que escribe no deja de desaparecer.” Fosa común no fue escrito para exaltar el yo que habla en tantos textos; antes bien, está construido sobre un nosotros: nos muestra cómo el sujeto, cualquier sujeto, es una singular comunidad de voces, una superposición gozosa y conflictiva de lenguajes.

Así lo reconoce Walter, con unos versos que dan título al libro, la lápida anónima bajo la que yacen estos nombres:

Cómo distinguir unos huesos de otros
en esta fosa común
donde conviven todos los que
fui en vida
[…]
en Portbou
tan sólo hay un monumento
mi cuerpo descansa en mis traducciones
Soy el condenado
El multiplicado
La voz diversa
La fosa común

El sujeto que se enuncia, que nos hemos habituado a concebir como viajero entre discurso y discurso, se atreve en este libro a mostrar su revés: el texto como lugar de tránsito, de una desaparición que es reaparición, de una ausencia que es presencia. Y del poema, en fin, como hito en la continuidad de la herencia, como suceso que transforma y renueva el universo simbólico del cual surge, como ente único y múltiple que da nueva vida a las voces que lo preceden.

Adalber Salas Hernández. (Caracas, 1987). Licenciado en Letras de la Universidad Católica Andrés Bello. Ganador del II Premio Nacional Universitario de Literatura con el poemario La arena, el vidrio: ascenso en tres movimientos (Caracas, Editorial Equinoccio, 2008), así como autor de los poemarios Extranjero (Caracas, bid&co. Editor, 2010); Bogotá, Común Presencia, 2012), Suturas (Caracas, bid&co. editor, 2011) y Heredar la tierra (Bogotá, Común Presencia, 2013). Asimismo, ha publicado el libro de ensayos Insomnios. Ensayos sobre poesía venezolana (Caracas, bid&co. editor, 2013). Ha sido incluido en las antologías La imagen, el verbo (UCAB, 2006) y Antología de poesía joven venezolana (bilingüe árabe-español, Universidad Internacional Libanesa, 2009). Textos suyos, tanto poesía como ensayo, han sido publicados en medios como el Papel Literario, Literales, la revista de la Fundación Fahrenheit 451 (Colombia), la revista digital El Cautivo y los portales Letralia, Prodavinci, Las Malas Juntas, Con-Fabulación (Colombia), Círculo de poesía (México) y Río Grande Review (Estados Unidos). Actualmente se desempeña como director de la colección Voces Iniciales, en bid&co. editor. Recientemente, en 2015, resultó ganador del prestigioso Premio Arcipreste de Hita, de Alcalá la Real, en España, con su poemario Salvoconducto, que será publicado por la editorial española Pretextos. Ediciones del Movimiento ha reeditado su primer poemario La arena, el vidrio.

 

[1] El título del ensayo se traduciría por Sobre los usos y desventajas de vivir entre espectros, y la frase dice: “¿De qué está hecho un espectro? De signos o, más precisamente, de signaturas, es decir, aquellos signos, cifras o monogramas que son inscritas en las cosas por el tiempo.”

[2] El título del ensayo es La tradición y el talento individual, y las palabras de Eliot dicen: “si nos acercamos al poeta sin su prejuicio, a menudo encontraremos que no sólo las mejores, sino las partes más singulares de su trabajo pueden ser aquellas en las cuales los poetas muertos, sus ancestros, afirman con mayor vigor su inmortalidad.

[3] “No puede ser heredada, y si la deseas, debes obtenerla al costo de grandes trabajos.”

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