Palabras de presentación para “PIEL DE SIRENA” de Florencia Hogreul Fuenmayor. Por Solange Rincón.

PIEL DE SIRENA

Portadilla - Piel de sirena

Presentar un libro es asomarse a la ventana de un jardín con sus pájaros y auroras diferentes. Algo profético casi como una sonrisa indescifrable. Florence me parece dormida en una luna que se asoma buscando su lugar en medio de la noche. El sentido del idilio entre vivir y morir. Un cuaderno de versos que traducen una búsqueda trenzada al dolor. Hay cierto placer en el dolor que se destila en el poema, se vuelve inmemorial, se asoma a la trascendencia. Una alquimia verbal que lo hace dulce, digno, inolvidable. Ciertamente otorga identidad. Esa que no es posible sólo con lo fáctico, lo reductible, porque el verbo tiene el poder de descifrarnos, trascendernos, significarnos, unirnos a otro sentido mayor que el de las cosas del mundo.

Florence percibe las relaciones más lejanas entre ellas, tal como un pájaro obtiene una panorámica de la realidad y de la suprarealidad. Lo invisible que sostiene la escenografía del mundo.

La locura, la muerte siempre llegan al umbral de un nuevo recinto, no es un fin, una conclusión definitiva. Son sombras que resbalan sobre sus palabras abiertas a la sensibilidad. Buscan la seguridad de lo impensable, tanto que no pueda adaptarse a un recipiente intelectual y amoldarse a sus límites fijos.

“Muchas veces de niña oí cantar las sirenas / En un barco feliz que nunca llego a tierra / Muchas veces las sirenas vieron mis pañuelos / Saludándolas en el océano multicolor / Donde se oculta la Atlántida, en el cielo de mi infancia / Una sirena se quedó dormida”.

 

Debemos poner atención a este aspecto creativo y simbólico de su poética. Y poner atención es abrir los sentidos del alma, sintonizar su frecuencia proverbial, como un radar capaz de traducir un contenido telegráfico y profundo como la nitidez de un relámpago.

“Crecí en el transcurso de un éxodo / Navegando por todo lo ancho de un sueño”.

 

En ese jardín de sus palabras veo una dulce rebeldía, sólo aparente, pues también esta aliada a lo natural, orientada hacia sus leyes. Pues sus leyes responden a un orden universal tal como una sinfonía se construye sobre un pentagrama musical, bajo símbolos que producen nuevas formas de expresión.

“Porque las gárgolas pertenecían a los infiernos / A la casa blanca y azul de una mirada / A los ojos pálidos de tanto encontrarse solos en una tierra árida…Porque los dioses también llueven a veces en el cuerpo”.

 

A pesar de todo lo que yo intente percibir en el espejismo de sus textos, lo que realmente cuenta es aquello que no puedo explicar. Aquello que siento, cuando leo su trabajo delicado, que me lleva a ansiar la poesía, su ritmo de mareas, su inmenso útero amoroso. A buscar la armonía entre el cerebro y el corazón, un estilo que reinventa ese acercamiento, ese respirar el pensamiento y volverlo palabras.

Cuando digo: “Las formas del espíritu me hablan al oído”. ¿Que digo? ¿A que hecho asombroso hago alusión? ¿A que convoco a manifestarse bajo el doble brillo del poema?

“Es difícil sobrevivir a las cuatro paredes del mundo” ¿Qué quiere decir Florence?

“Por eso en las palabras sonrío / Son el teatro de un sueño”.

 

¿A que hecho asombroso alude? El asombro es la esencia del poema, como un descubrimiento, una gestalt, una iluminación. Crear es un hecho teofánico, revelador. Sin esto el poema agoniza aun sobre un encuadre lingüístico perfecto. Quiero hacer entender que los milagros existen y que debemos crearlos, aquellos al menos que pretendemos vivir las sefirots del lenguaje.

Entonces Florence revela y hace que dos cosas paralelas en el espacio se encuentren en el tiempo o viceversa. Para revelar hay que “ver” por el resquicio de lo eterno, las analogías presentes en las cosas del mundo y que nos conducen a la constatación de la unidad, potencia absoluta de la imagen creadora.

La poesía es un supra lenguaje dispuesto a descubrir la palabra latente en la palabra, el alma de la palabra, el sentido verdadero de lo que designa. Y esto supone el don de sensibilidad de espíritu y de percepción de la verdad, además de una depuración de la mente, una confrontación con el ser del poeta, un reto por descubrir la echeidad del si mismo.

“Resucito para acabar / En el rostro de una mujer / Con las manos en los bolsillos de la adolescencia”.

 

Ese reto no esta exento de dolor, el dolor es el combustible que impulsa a la trascendencia. Una vez superado se abre la puerta de la sabiduría, entonces la metáfora se desnuda de sus formas y comulga con el misterio. El misterio es el poema.

Florence logra aproximarse a la meta de crear una experiencia estimulante a la sensibilidad del lector, sugiere, esboza y promueve la reconstrucción del poema en la mente del perceptor.

“Y es que sentir la unidad es enlutarse de miedo / Una ceniza triste oscurece las palomas / El viento es la piedad…”

 

Veo también en su poética un anclaje en el pasado como referencia del presente. Algo que podría conducirla a un lugar común, sin embargo ella lo toca delicadamente sin un abuso de la imagen como forma, ni del símbolo como contenido.

“En el concierto de polvo en el granero / Donde piernas y brazos se convirtieron en silencio / Donde disfraces de antaño nos hicieron danzar el tiempo / Hoy sólo hay baúles viajeros de lejanas abuelas / Y yo asilada en esta casa vieja que te busca”.

 

En el delirio poético donde la intuición corona la razón, un atisbo de infinito, se cuela a través de nuestra imaginación creadora abriendo la puerta de la realidad para un plano diferente al habitual.

“Si no te has dado cuenta / Llevo puesto un sonido / Llevo puesto el ruido de sombras”.

 

“Conversando conmigo misma / Me he dado cuenta que somos sagrados / No tenemos dueño / No tenemos miedo / Sólo somos el relámpago de la muerte”.

 

En suma: He vivido el libro de Florence, interiorizando sus estados de consciencia, descifrando su arquitectura poética, reforzando la idea que es la poesía quien nos elige, quien se aloja en nosotros, quien se expresa en nuestros labios y en los sonidos que sostienen la metáfora. Que debe haber una condición de humildad en nuestra misión de mensajeros y una dignidad infranqueable por nuestra valentía de atrevernos recorrer ese éxodo en el poema hacia la tierra prometida de la gracia de evolucionar. Pero este es el día de Florence y yo me inclino para servirle.

Solange Rincón

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